martes, 3 de abril de 2012

Antes de dormir


-Buenas noches… creo que me iré a dormir un rato, menudo día he tenido- dijo Muerte entrando en el despacho.
Mientras se acercaba al escritorio donde estaba Sarah, ella intentaba esconder un manuscrito con poco éxito.
-¿Qué es eso? Sarah… ¿Qué es? - dijo Muerte sin quitar la sonrisa (algo tampoco muy complicado para él/ella)- Déjame echarle un vistazo.

Muerte cogió las hojas de debajo de los rieles de Sarah, y empezó a leer… “El bar del olvido”, siguió leyendo y cuando concluyó, miró a Sarah y  dijo:
-No está mal, un poco deprimente ¿no? Me recuerda a un tipo que conocí a principios del siglo XIX, decía que era existencialista o algo así. No era mal tipo, un poco pesado porque estaba todo el día diciendo que quería morir, y cuando fui a buscarlo no dejó de quejarse hasta que lo llevé a la fábrica. Era… Como mirar un cielo gris plomizo un día de tormenta, pero con forma de enano- concluyó.
-Realmente yo no lo escribí- reconoció Sarah en un arranque de sinceridad-, Agradezco el piropo, pero yo sólo puedo transcribir pensamientos de la gente que se encuentra a mi alrededor. Fue un joven que pasó por la calle con cara de concentración y bueno, antes de que dejara de pensar en ello, decidió escribirlo a través de mí. Ahora que lo pienso, él no sabe nada, entonces, no lo decidió él, lo decidí yo… ¿Tú crees que se lo he robado?- dijo Sarah moviendo las teclas de una manera armoniosa.
Para Muerte el hecho de tener una máquina de escribir mágica del s.XVIII que hablara, ya lo consideraba algo digno de contar en una cena con amigos; pero, que su máquina de escribir sufriera crisis existenciales por creer que roba los pensamientos de los demás ya le parecía algo digno de contar a un buen psiquiatra.

-Bueno, si viene uno de esos tipos del juzgado vestido de negro con un maletín, se habrá dado cuenta, mientras…- dijo Muerte mientras se servía un café.
-Confío en que no aparezca nadie así, sólo imaginármelo me dan escalofríos y con la edad que ya tengo no estoy para que se me caigan más teclas…- dijo Sarah.

Muerte sacó su pequeño bloc de apuntes, (nada de magia por favor, había pedido cuando entró a la papelería ese día) y empezó a escribir:

“Día X de mes Y del año Z” (no es que tuviera un método propio de calendario, una de las ventajas de ser Muerte es ese estado tan parecido al de los estudiantes durantes las largas vacaciones veraniegas).

“Hoy conocí a una persona curiosa. Me llamaron para ir a buscar un alma cuyo cuerpo había sido arrollado por un camión cisterna cerca de una parada de autobús. Según parece, estaba esperando el autobús cuando ocurrió.
Me acerqué a ella y lo único que me preguntó fue: -Oiga, ¿cuántos minutos faltan para que llegue el 4? He quedado dentro de una hora, pero parece que no pasa- me dijo mientras miraba su reloj.
-Sí, hola, cómo le explico esto… No creo que pueda usted montar en el autobús. ¿Ve ese camión de ahí? Ha pasado con 4 de sus 6 ruedas por encima de su cuerpo- ¿Cómo le explicas a alguien que acaba de morir si sólo se preocupa de llegar a tiempo a los sitios?

Nota mental: Debo ser más convincente.

Al final, acabamos hablando de su vida.

Resultó ser un ejecutivo en horas bajas, le habían despedido de su trabajo hacía un par de semanas y estaba esperando para conseguir un empleo de repartidor de publicidad en unos grandes almacenes. Un tipo simpático, todo hay que decirlo.”

Mientras escribía notó un ligero ronquido que provenía de su mesa. Sarah ya estaba durmiendo plácidamente. Muerte se acercó, y aunque tentado de grabar la prueba del delito (Sarah siempre negaba rotundamente que una máquina de escribir era incapaz de roncar, y mucho menos una señorita como ella); decidió dejar la travesura para otro día, también tenía ganas de dormir.
-Buenas noches mundo- dijo mientras miraba a través de la ventana.
Desde allí la visión de la ciudad era espectacular, cualquiera sería capaz de descubrir cosas interesantes desde aquella ventana. Muerte clavó sus ojos en un punto fijo, suspiró y cerró las cortinas.
Hacía ya tiempo que no apuntaba nada en su cuaderno; lo hojeó durante un rato mientras estaba tumbado… Demasiadas notas, y nada claro.

No muy lejos de allí, un chico aceptaba un puesto de trabajo en una misteriosa empresa. Su nombre era Eric Fibonacci.

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