martes, 27 de marzo de 2012

El bar del olvido.



Viernes por la noche. Suena el teléfono y mi mujer, medio dormida ya en el sofá, avanza torpemente entre mantas y cojines hasta llegar al teléfono.

¿Sí…? – dijo adormilada.
-Sí, ya se pone, un momento – acto seguido me pasó el auricular – Es tu jefe desde la oficina.
-¿Otra vez? –Respondí yo- A ver que quiere el gili… -
-Sh, calla que te puede oír- dijo mi mujer clavándome el codo entre las costillas

-Diga Sr. Pérez ¿Qué ocurre?- poniendo el tono uniforme de oficinista, mientras me resentía del golpe en el pecho.
-Hombre, me alegro de escuchar su voz, ¿es un mal momento?- dijo mi jefe, un hombre con 70 años que tenía una voz de uno de 25 después de una larga noche de borrachera.
-Bueno, la verdad es que estábamos viendo…
- Perfecto, tengo una proposición: ¿les apetecería a su mujer y a usted cenar mañana en mi casa del pueblo? Es mi manera de felicitarle por la gran operación que ha hecho esta mañana-dijo, sin esperar a que acabara la frase.
-La verdad es que sí nos haría ilusión y, ¿dónde dice que está?- mientras pensaba para mis adentros: “Si se dejara de tanta cenita y me pagara ya el sueldo atrasado que me debe desde hace dos meses, maldito hijo de pu…”
–Sh, que te puede oír- dijo otra vez mi mujer clavándome otra vez el codo entre las costillas.
¿Pero cómo era posible que me leyera el pensamiento? A esto debía referirse mi padre cuando me explicó en qué consistía el matrimonio… Bendición Divina…
-No me esperaba menos de usted, un vendedor inigualable, anda que cómo engañó a esos primos para venderle esa ruina de casa- una carcajada caballuna sonó desde el otro lado del auricular, una carcajada llena de tabaco y otras sustancias que prefería no saber- Pues mañana entonces a eso de las 9 de la noche en mi casa. Les envío la dirección a su ordenador. Y una cosa, no hace falta que traiga vino, van a probar el que hago yo… Algo insuperable, ya lo dijo mi cuñado, ¿nunca le conté la historia cuando vino desde Francia con Sarkozy sólo para probar la uva de mis viñedos? Bueno le cuento, esto fue hace como dos años y la verdad yo….
Clic. Colgué.
 Mi jornada de peloteo insoportable hacia mi jefe duraba de Lunes a Viernes de 9 de la mañana a 3 de la tarde, una hora para comer y retomaba la rutina de 5 a 8. Horas extra no incluidas en el contrato.

-¿Tenías algo planeado para mañana? –y sin dar tiempo para que mi mujer contestara continué -Pues cancélalo, hay que ir a cenar con mi jefe a su “casita” del pueblo. ¿Sabes lo que te digo? Que me voy ya a la cama, quiero desconectar del mundo durante un rato. Sea lo que sea, no me despiertes- me giré para darle un beso en la mejilla al rostro enfadado de mi mujer y poniéndome las zapatillas me dirigí al cuarto de baño.

Sentado en el cuarto de baño, escuché que otra vez sonaba el teléfono.
-¿Sí? No, no se preocupe, mi marido ya se fue a dormir… sí, debió perder la cobertura, ¿Qué llama desde un fijo? Pues no sé, las líneas se colapsarían, todo puede ser… Sí, sí, mañana estaremos allí, muchas gracias por la invitación, sí, un saludo a usted y a su señora… ¿Qué se han divorciado? Lo siento mucho… -y un interminable intercambio de saludos, peloteos y tonterías varias que yo ya había cumplido con creces durante esa semana, así que era cosa de mi mujer.

Al cabo de 10 minutos, mi mujer llamó a la puerta del baño:
-Cariño, ¿qué haces? Llamó tu jefe, que dice que ya tienes la información en tu e-mail y que deberíamos hablar con la operadora de teléfono porque la llamada se cortó y no piensa que tú le hayas colgado. Bueno, yo me voy a la cama. Te espero allí- sus pasos retrocedieron hasta el pasillo y escuché como encendía la lámpara de la habitación y se metía en la cama.
-Por cierto, hoy nada de sexo que mañana tengo que madrugar, así que ni lo intentes, además estoy cansada y me duele la cabeza, ¿vale?- cómo no, esa información era de vital importancia que aparte de mí, también la conociese media comunidad de vecinos, dado el volumen de la voz.
-Como si me importase, la última vez que tuve la sensación que estabas desnuda, creo que aún vivía con mi padre- pensé para mis adentros.

Y ahí estaba yo, mirándome al espejo, sin saber muy bien ni qué hacer, ni cómo, ni porqué, sólo hacía las cosas que más o menos me parecían correctas. En esos momentos de gran lucidez y concentración mientras mantenía la poca compostura que me quedaba sentado en el retrete, recordaba mi juventud; cuando decía a mi padre: “Papá, papá, yo de mayor voy a ser…” y “Papá, papá, te presento a mi novia” y “Papá, papá, ¿me avalas? Es que nos vamos a vivir juntos y queremos un piso”.

Una cagada tras otra.

No es que hubiera llevado una mala vida, ni mucho menos, sino que no sentía que fuera MI vida. Sentía que era la vida del protagonista de una mala película de Serie B o de algún libro existencialista deprimente.

-Bueno, habrá que dormir- pensé mientras me levantaba del retrete, miraba el avance inexorable de las entradas en mi cabeza y guardaba el cepillo de dientes en su capucha.


A la mañana siguiente, me despertó otra vez el dichoso teléfono:
-¿Sí?- dije visiblemente enojado.
-Buenos días, espero que no se haya olvidado de nuestra cita esta noche, ¿ya revisó su correo?- dijo mi jefe mientras se escuchaba por detrás un ruido sospechosamente femenino asociado a aquello que la gente denominaba sexo matutino.
-Son las 7 de la mañana…
-Las 7 y cuarto, para ser exactos- espetó mi jefe.
-Bueno, sí, las 7 y 16 según mi despertador. Y no, no he revisado mi correo, no he hecho nada…. Sí, allí estaremos no se preocupe…. Sí, puntual. Un saludo -colgué antes de que empezara con algún tipo de historia absurda sacada de su febril mente-
-¿Quién era?- dijo mi mujer mientras se estiraba como un gato en la cama.
-Mi jefe… no sé si realmente quería hablar conmigo o tenía ganas de tocar las narices. Voy a hacer café ¿quieres?...-Silencio- Que voy a hacer café, ¿te apetece?... Cariño…
-un ligero ronquido salió de sus labios -Sigue durmiendo anda- dije mientras buscaba las zapatillas.


Encendí la radio. La insulsa voz de un pobre desgraciado que tenía como trabajo dar las noticias locales a las 7 de la mañana de un sábado, decía con voz insulsa:
“Encontrado cadáver de hombre mayor, de unos 70 años en su casa de fin de semana. No se descarta la posibilidad de ser un robo, o de un ajuste de cuentas dada la violencia del crimen. Seguiremos informando”.

A la media hora sonó el timbre de la puerta. Con el café ya frío en una mano, el periódico en la otra con el crucigrama a medio resolver y mi batín azul de rayas grises me dirigí pesadamente hacia la puerta.

-Buenos días, policía, abra la puerta-dijo el que ya se autodefinió como “poli malo”.

Abrí la puerta, sorprendido, mientras miraba el número de placa de los dos policías vestidos de paisano que había en la puerta.

-¿Podemos pasar? Tenemos una orden de registro para esta casa, será mejor que se vista, debe acompañarnos a comisaría para que responda a unas preguntas- dijo el que se autodefinió no como “poli bueno”, pero al menos como “poli algo menos malo”.
-¿Yo? Pero si me acabo de levantar. Señores agentes, no he hecho nada malo; si les soy completamente sincero, no he hecho nada en toda mi vida- dije mientras mi esposa hacía acto de presencia en la entrada.
-¿Cariño? ¿Quién es esta gente? ¿Qué quieren de ti? Seguro que has hecho algo, si es que ya me lo decía mi madre: “Cásate con otro, que éste es mala gente”, pero ¡confiesa! ¿Qué has hecho? Hay que joderse, ahora que le digo yo a los vecinos, ¿eh? –gritaba mientras uno de los policías hacía ademanes para que se callara e intentaba alejarla de la escena.

Observé a toda la multitud de gente que se agolpaba en la puerta del portal; esa gente que cuando llega la televisión afirman en todas las cadenas: “Nadie se imaginaba que fuera a hacer algo así, si siempre saludaba”.
Y así fue como me vi sentado en el incómodo asiento de atrás de un coche patrulla a punto de jubilarse. Mientras avanzábamos por las calles rumbo a la comisaría, pasamos por delante de un tugurio de mala muerte. Su nombre rezaba algo así como “El bar del olvido”.
-Ojalá existiera un mejunje que hiciera olvidar- pensé.



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En el interior de dicho bar, un camarero de color grisáceo y fumando una colilla que había perdido el título de colilla hacía ya dos semanas, servía un cóctel a un alto ejecutivo despeinado y con la camisa llena de sangre.
-Esto te hará sentir mejor, tranquilo- le dijo a su cliente mientras le brindaba el vaso.
-Que Dios te oiga… - acto seguido, se lo bebió de un trago poniendo un gesto de asco.
-Precisamente Dios no, pero bueno… y sin ánimo de ser indiscreto, ¿qué era exactamente lo que quiere olvidar?- dijo el camarero mientras pasaba un trapo sucio por encima de la barra.
-Hace una hora maté al dueño de una inmobiliaria en su casa del pueblo… Se llamaba Adolfo Pérez o algo así… Fue un accidente se lo juro. Aquello se nos fue de las manos… Joder, ¿pero qué he hecho? Había invitado a un empleado a cenar a su casa… Joder, debería llamarle al menos para cancelar la cita- dijo mientras se frotaba las manos nerviosamente.
-Bueno, bueno,  ya está, ahora váyase a su casa, que su mujer ya se ha despertado y el café se va a enfriar- le dijo el camarero mientras sonreía con su sonrisa amarilla y desdentada- A esta invita la casa, pero ya le pediremos algo a cambio- la campanilla de la puerta sonó y el ejecutivo salió del bar, rumbo a su casa.


Por el camino le venían pensamientos que nunca había tenido, se veía a sí mismo hablando con su padre diciendo: “Papá, papá, yo de mayor voy a ser…”, “Papá, papá, te presento a mi novia” y “Papá, papá, ¿me avalas? Es que nos vamos a vivir juntos y queremos un piso”.

Y a él, un alto ejecutivo con una carrera brillante, poco a poco su sonrisa de triunfador se fue difuminando y cuando entraba por el portal, con los restos del operativo policial aún en las inmediaciones, en su cabeza resonaba un pensamiento cada vez mas cercano:

Una cagada tras otra.

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