miércoles, 11 de abril de 2012


-Galletas, azúcar, aceite, harina… Llevar a los niños al dentista a las 6, llegar a casa, bajar a Toby a dar un paseo, empezar a hacer la cena…-
-¡Basta!- gritó Muerte desde la cama – ¿Se puede saber qué narices te pasa, Sarah?- No trató de ocultar su enfado y su voz sonaba gutural.
-No… no lo sé – dijo Sarah entrecortada- Limpiar los baños, hacer la colada, no sé que me está pasando, hablar con la vecina sobre el nuevo novio de la chica del primero, sólo sé que empezó cuando escribí aquella historia y ahora no me dejan de asaltar pensamientos… Mirar si el perro ha hecho “ya sabes qué” en la nueva alfombra, de todas las personas en un radio de 500 metros a la redonda ¿ves? – Sarah sonaba bastante asustada.
-¿Y no tenías otra hora para empezar con tus problemas psicológicos?- dijo mientras se dirigía al baño a ponerse en orden un poco la cara.
-Perdóneme usted, yo nunca le molesto cuando yo estoy durmiendo y usted se dedica a dar vueltas por el despacho con un café, comprar un desatascador porque el niño no deja de tirar soldaditos por el fregadero. Por Dios, ¡que alguien me saque esto ya de la cabeza!- esto último lo dijo casi como un grito ahogado, y empezó a sollozar muy débilmente.
(Nota para alienígenas, informáticos y gente extraña vestida de negro y con gafas de sol que no usan máquinas de escribir: las máquinas de escribir sí saben llorar, en el fondo son bastante sentimentales, la campanilla de aviso de fin de carril es una manera de ocultar sus sollozos cada vez que terminan de escribir una línea. Ésa es una de las razones por las que la mayoría acaba en el psicólogo.)

Por suerte para Muerte en aquellos momentos, Sarah tenía la campanilla de fin de carril estropeada desde que en 1985 un guionista de cine semiborracho se la hubiera arrancado.



Mientras, no muy lejos de allí, Eric paseaba. Hacía unas horas que había firmado un contrato de trabajo por una generosa cantidad y las cosas parecían marchar bien.
Durante la firma del contrato había notado algo extraño en todo aquello, pero después de que una secretaria de bastante buen ver entrara en el despacho con una botella de whiskey añejo y un sobre con sus honorarios limpios anuales, toda duda de Eric había desaparecido por arte de magia.
De vuelta en su apartamento, Eric había hecho un par de llamadas, había encargado un traje y decidió vender su pequeño apartamento en el centro para buscarse algo mejor (- casi soy millonario-  pensaba mientras la inmobiliaria tasaba su piso)
Llegó un mensaje a su nuevo y flamante teléfono móvil indicando una dirección y una hora adjuntando una nota de bienvenida por parte de la empresa.
Y así fue como Eric vestido de negro impoluto, unos mocasines italianos (de su padre), y un maletín (sin nada en su interior, pero al menos le daba apariencia de alguien importante), paseaba tranquilamente por la ciudad.
Divisó el edificio principal, comprobó la dirección un par de veces y accedió al interior. Una chica menuda saludó desde una mesa mientras hablaba con unos auriculares acerca de un compromiso que había sido cancelado. Eric le devolvió el saludo y se acercó al ascensor.
Una vez dentro de él, pulsó el botón de la 7ª planta y comenzó a subir mientras se escuchaba una versión bastante funky de “What a wonderful World”.
Un frenazo brusco despertó a Eric de su letargo mental, había llegado a su destino. Mientras se acercaba a la puerta, unas voces llegaron desde detrás de ésta:

-Deja de llorar mujer, que tampoco es para tanto, iremos al médico…-
-Ya no es eso, ¿se habrá acordado de nuestro aniversario?, es simplemente que se me ha atascado la tecla y ahora tampoco puedo parar de llorar, tengo que llamar a la peluquería. – se podía detectar el metal dentro de la voz.
-Déjame mirar a ver si yo puedo solucionar algo- el cerebro de Eric se negaba a detectar nada de esta voz.
-No me gusta que me toques ya lo sabes, que coche más bonito ¿cuánto costará?, déjame en paz, suéltame, gritaré si no me haces caso… Como se entere mi mujer de que he vuelto a fumar no sé que me hace, bueno el último. ¡Suéltame cerdo! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! –los gritos resonaron desde dentro del despacho.

Eric se armó de valor, hinchó de aire los pulmones y entró en el despacho al grito de ¿Pero qué demonios está pasando aquí…? Y la voz se ahogó.

El despacho parecía sacado de una revista de decoración de los años 20, el tono ocre de las paredes, los muebles clásicos bastante desgastados por el uso de generaciones de esos pequeños seres que se dedicaban a pintar, morder y arañar cualquier superficie (siempre directamente proporcional a su valor material o sentimental para el susodicho dueño)
Y allí en el escritorio principal, iluminado por la luz de la tarde, un individuo estaba forcejeando con su víctima… O al menos usaba la máquina de escribir como herramienta para… Pero no parecía que hubiera nadie más… Los cortocircuitos en el cerebro de Eric habrían causado una hecatombe nuclear en cualquier ciudad pequeña.
-Disculpe, ¿usted es…?- el rostro del agresor ya llevaba unos segundos contemplando a Eric.
-¿Está sólo? ¿Dónde está su víctima? Les he escuchado perfectamente discutir desde detrás de la puerta- dijo Eric tratando de sacar su lado más policíaco (lo había visto en la televisión pero en la vida real fallaban las frases ingeniosas)
-Te han preguntado quién eres, lávese las manos después de usar el lavabo, haz el favor de contestar a la pregunta, este idiota quién se ha creído que es- Muerte dirigió una mirada a Sarah, ese último pensamiento había sido suyo y eso ya no le divertía.
-¿Quién ha dicho eso? ¿Dónde está? Tranquila, todo ha acabado- Eric había reconocido la voz de la “víctima”, pero cada vez lo tenía menos claro.
-No sé bien quién eres, ni qué narices haces aquí, pero dada tu osadía para entrar en este despacho, te lo contaré. Me llamo Muerte, la placa del despacho está reparándose; también conocida como Parca, Fin de la Vida, Ocaso de los Vivos… etcétera. Tu “víctima” se llama Sarah, es una máquina de escribir (sí, ésa que ves encima de la mesa) que ahora mismo está atravesando por una época un poco especial. Ya sabes, crisis existenciales, robos de identidad, algo típico para ella. No tengo ni idea de quién eres, así que espero una explicación… y era para ayer- Muerte se acercaba lentamente hacia Eric, y Eric notaba como los ojos de aquel desconocido (¿Muerte era su nombre?) brillaban y todo a su alrededor iba perdiendo luminosidad.
Eric se desplomó, perdiendo el conocimiento mientras golpeaba el suelo con la cabeza. Lo último que escuchó era una voz metálica que llamaba bruto y descortés a aquel individuo que aseguraba ser la Muerte.
-Esto no me lo imaginaba así- fueron sus últimas palabras.

martes, 3 de abril de 2012

Antes de dormir


-Buenas noches… creo que me iré a dormir un rato, menudo día he tenido- dijo Muerte entrando en el despacho.
Mientras se acercaba al escritorio donde estaba Sarah, ella intentaba esconder un manuscrito con poco éxito.
-¿Qué es eso? Sarah… ¿Qué es? - dijo Muerte sin quitar la sonrisa (algo tampoco muy complicado para él/ella)- Déjame echarle un vistazo.

Muerte cogió las hojas de debajo de los rieles de Sarah, y empezó a leer… “El bar del olvido”, siguió leyendo y cuando concluyó, miró a Sarah y  dijo:
-No está mal, un poco deprimente ¿no? Me recuerda a un tipo que conocí a principios del siglo XIX, decía que era existencialista o algo así. No era mal tipo, un poco pesado porque estaba todo el día diciendo que quería morir, y cuando fui a buscarlo no dejó de quejarse hasta que lo llevé a la fábrica. Era… Como mirar un cielo gris plomizo un día de tormenta, pero con forma de enano- concluyó.
-Realmente yo no lo escribí- reconoció Sarah en un arranque de sinceridad-, Agradezco el piropo, pero yo sólo puedo transcribir pensamientos de la gente que se encuentra a mi alrededor. Fue un joven que pasó por la calle con cara de concentración y bueno, antes de que dejara de pensar en ello, decidió escribirlo a través de mí. Ahora que lo pienso, él no sabe nada, entonces, no lo decidió él, lo decidí yo… ¿Tú crees que se lo he robado?- dijo Sarah moviendo las teclas de una manera armoniosa.
Para Muerte el hecho de tener una máquina de escribir mágica del s.XVIII que hablara, ya lo consideraba algo digno de contar en una cena con amigos; pero, que su máquina de escribir sufriera crisis existenciales por creer que roba los pensamientos de los demás ya le parecía algo digno de contar a un buen psiquiatra.

-Bueno, si viene uno de esos tipos del juzgado vestido de negro con un maletín, se habrá dado cuenta, mientras…- dijo Muerte mientras se servía un café.
-Confío en que no aparezca nadie así, sólo imaginármelo me dan escalofríos y con la edad que ya tengo no estoy para que se me caigan más teclas…- dijo Sarah.

Muerte sacó su pequeño bloc de apuntes, (nada de magia por favor, había pedido cuando entró a la papelería ese día) y empezó a escribir:

“Día X de mes Y del año Z” (no es que tuviera un método propio de calendario, una de las ventajas de ser Muerte es ese estado tan parecido al de los estudiantes durantes las largas vacaciones veraniegas).

“Hoy conocí a una persona curiosa. Me llamaron para ir a buscar un alma cuyo cuerpo había sido arrollado por un camión cisterna cerca de una parada de autobús. Según parece, estaba esperando el autobús cuando ocurrió.
Me acerqué a ella y lo único que me preguntó fue: -Oiga, ¿cuántos minutos faltan para que llegue el 4? He quedado dentro de una hora, pero parece que no pasa- me dijo mientras miraba su reloj.
-Sí, hola, cómo le explico esto… No creo que pueda usted montar en el autobús. ¿Ve ese camión de ahí? Ha pasado con 4 de sus 6 ruedas por encima de su cuerpo- ¿Cómo le explicas a alguien que acaba de morir si sólo se preocupa de llegar a tiempo a los sitios?

Nota mental: Debo ser más convincente.

Al final, acabamos hablando de su vida.

Resultó ser un ejecutivo en horas bajas, le habían despedido de su trabajo hacía un par de semanas y estaba esperando para conseguir un empleo de repartidor de publicidad en unos grandes almacenes. Un tipo simpático, todo hay que decirlo.”

Mientras escribía notó un ligero ronquido que provenía de su mesa. Sarah ya estaba durmiendo plácidamente. Muerte se acercó, y aunque tentado de grabar la prueba del delito (Sarah siempre negaba rotundamente que una máquina de escribir era incapaz de roncar, y mucho menos una señorita como ella); decidió dejar la travesura para otro día, también tenía ganas de dormir.
-Buenas noches mundo- dijo mientras miraba a través de la ventana.
Desde allí la visión de la ciudad era espectacular, cualquiera sería capaz de descubrir cosas interesantes desde aquella ventana. Muerte clavó sus ojos en un punto fijo, suspiró y cerró las cortinas.
Hacía ya tiempo que no apuntaba nada en su cuaderno; lo hojeó durante un rato mientras estaba tumbado… Demasiadas notas, y nada claro.

No muy lejos de allí, un chico aceptaba un puesto de trabajo en una misteriosa empresa. Su nombre era Eric Fibonacci.