Viernes por la noche. Suena el teléfono y
mi mujer, medio dormida ya en el sofá, avanza torpemente entre mantas y cojines
hasta llegar al teléfono.
¿Sí…? – dijo adormilada.
-Sí, ya se pone, un momento – acto
seguido me pasó el auricular – Es tu jefe desde la oficina.
-¿Otra vez? –Respondí yo- A ver que
quiere el gili… -
-Sh, calla que te puede oír- dijo mi
mujer clavándome el codo entre las costillas
-Diga Sr. Pérez ¿Qué ocurre?- poniendo el
tono uniforme de oficinista, mientras me resentía del golpe en el pecho.
-Hombre, me alegro de escuchar su voz, ¿es
un mal momento?- dijo mi jefe, un hombre con 70 años que tenía una voz de uno
de 25 después de una larga noche de borrachera.
-Bueno, la verdad es que estábamos
viendo…
- Perfecto, tengo una proposición: ¿les
apetecería a su mujer y a usted cenar mañana en mi casa del pueblo? Es mi
manera de felicitarle por la gran operación que ha hecho esta mañana-dijo, sin
esperar a que acabara la frase.
-La verdad es que sí nos haría ilusión y,
¿dónde dice que está?- mientras pensaba para mis adentros: “Si se dejara de
tanta cenita y me pagara ya el sueldo atrasado que me debe desde hace dos
meses, maldito hijo de pu…”
–Sh, que te puede oír- dijo otra vez mi
mujer clavándome otra vez el codo entre las costillas.
¿Pero cómo era posible que me leyera el
pensamiento? A esto debía referirse mi padre cuando me explicó en qué consistía
el matrimonio… Bendición Divina…
-No me esperaba menos de usted, un
vendedor inigualable, anda que cómo engañó a esos primos para venderle esa
ruina de casa- una carcajada caballuna sonó desde el otro lado del auricular,
una carcajada llena de tabaco y otras sustancias que prefería no saber- Pues mañana
entonces a eso de las 9 de la noche en mi casa. Les envío la dirección a su
ordenador. Y una cosa, no hace falta que traiga vino, van a probar el que hago
yo… Algo insuperable, ya lo dijo mi cuñado, ¿nunca le conté la historia cuando
vino desde Francia con Sarkozy sólo para probar la uva de mis viñedos? Bueno le
cuento, esto fue hace como dos años y la verdad yo….
Clic. Colgué.
Mi
jornada de peloteo insoportable hacia mi jefe duraba de Lunes a Viernes de 9 de
la mañana a 3 de la tarde, una hora para comer y retomaba la rutina de 5 a 8. Horas extra no incluidas
en el contrato.
-¿Tenías algo planeado para mañana? –y
sin dar tiempo para que mi mujer contestara continué -Pues cancélalo, hay que
ir a cenar con mi jefe a su “casita” del pueblo. ¿Sabes lo que te digo? Que me
voy ya a la cama, quiero desconectar del mundo durante un rato. Sea lo que sea,
no me despiertes- me giré para darle un beso en la mejilla al rostro enfadado
de mi mujer y poniéndome las zapatillas me dirigí al cuarto de baño.
Sentado en el cuarto de baño, escuché que
otra vez sonaba el teléfono.
-¿Sí? No, no se preocupe, mi marido ya se
fue a dormir… sí, debió perder la cobertura, ¿Qué llama desde un fijo? Pues no
sé, las líneas se colapsarían, todo puede ser… Sí, sí, mañana estaremos allí,
muchas gracias por la invitación, sí, un saludo a usted y a su señora… ¿Qué se
han divorciado? Lo siento mucho… -y un interminable intercambio de saludos,
peloteos y tonterías varias que yo ya había cumplido con creces durante esa
semana, así que era cosa de mi mujer.
Al cabo de 10 minutos, mi mujer llamó a
la puerta del baño:
-Cariño, ¿qué haces? Llamó tu jefe, que
dice que ya tienes la información en tu e-mail y que deberíamos hablar con la
operadora de teléfono porque la llamada se cortó y no piensa que tú le hayas
colgado. Bueno, yo me voy a la cama. Te espero allí- sus pasos retrocedieron
hasta el pasillo y escuché como encendía la lámpara de la habitación y se metía
en la cama.
-Por cierto, hoy nada de sexo que mañana
tengo que madrugar, así que ni lo intentes, además estoy cansada y me duele la
cabeza, ¿vale?- cómo no, esa información era de vital importancia que aparte de
mí, también la conociese media comunidad de vecinos, dado el volumen de la voz.
-Como si me importase, la última vez que tuve
la sensación que estabas desnuda, creo que aún vivía con mi padre- pensé para
mis adentros.
Y ahí estaba yo, mirándome al espejo, sin
saber muy bien ni qué hacer, ni cómo, ni porqué, sólo hacía las cosas que más o
menos me parecían correctas. En esos momentos de gran lucidez y concentración
mientras mantenía la poca compostura que me quedaba sentado en el retrete,
recordaba mi juventud; cuando decía a mi padre: “Papá, papá, yo de mayor voy a
ser…” y “Papá, papá, te presento a mi novia” y “Papá, papá, ¿me avalas? Es que
nos vamos a vivir juntos y queremos un piso”.
Una cagada tras otra.
No es que hubiera llevado una mala vida,
ni mucho menos, sino que no sentía que fuera MI vida. Sentía que era la vida
del protagonista de una mala película de Serie B o de algún libro
existencialista deprimente.
-Bueno, habrá que dormir- pensé mientras
me levantaba del retrete, miraba el avance inexorable de las entradas en mi
cabeza y guardaba el cepillo de dientes en su capucha.
A la mañana siguiente, me despertó otra
vez el dichoso teléfono:
-¿Sí?- dije visiblemente enojado.
-Buenos días, espero que no se haya
olvidado de nuestra cita esta noche, ¿ya revisó su correo?- dijo mi jefe
mientras se escuchaba por detrás un ruido sospechosamente femenino asociado a
aquello que la gente denominaba sexo matutino.
-Son las 7 de la mañana…
-Las 7 y cuarto, para ser exactos- espetó
mi jefe.
-Bueno, sí, las 7 y 16 según mi
despertador. Y no, no he revisado mi correo, no he hecho nada…. Sí, allí
estaremos no se preocupe…. Sí, puntual. Un saludo -colgué antes de que empezara
con algún tipo de historia absurda sacada de su febril mente-
-¿Quién era?- dijo mi mujer mientras se
estiraba como un gato en la cama.
-Mi jefe… no sé si realmente quería
hablar conmigo o tenía ganas de tocar las narices. Voy a hacer café
¿quieres?...-Silencio- Que voy a hacer café, ¿te apetece?... Cariño…
-un ligero ronquido salió de sus labios
-Sigue durmiendo anda- dije mientras buscaba las zapatillas.
Encendí la radio. La insulsa voz de un
pobre desgraciado que tenía como trabajo dar las noticias locales a las 7 de la
mañana de un sábado, decía con voz insulsa:
“Encontrado cadáver de hombre mayor, de
unos 70 años en su casa de fin de semana. No se descarta la posibilidad de ser
un robo, o de un ajuste de cuentas dada la violencia del crimen. Seguiremos
informando”.
A la media hora sonó el timbre de la
puerta. Con el café ya frío en una mano, el periódico en la otra con el
crucigrama a medio resolver y mi batín azul de rayas grises me dirigí
pesadamente hacia la puerta.
-Buenos días, policía, abra la
puerta-dijo el que ya se autodefinió como “poli malo”.
Abrí la puerta, sorprendido, mientras
miraba el número de placa de los dos policías vestidos de paisano que había en
la puerta.
-¿Podemos pasar? Tenemos una orden de
registro para esta casa, será mejor que se vista, debe acompañarnos a comisaría
para que responda a unas preguntas- dijo el que se autodefinió no como “poli
bueno”, pero al menos como “poli algo menos malo”.
-¿Yo? Pero si me acabo de levantar.
Señores agentes, no he hecho nada malo; si les soy completamente sincero, no he
hecho nada en toda mi vida- dije mientras mi esposa hacía acto de presencia en
la entrada.
-¿Cariño? ¿Quién es esta gente? ¿Qué
quieren de ti? Seguro que has hecho algo, si es que ya me lo decía mi madre: “Cásate
con otro, que éste es mala gente”, pero ¡confiesa! ¿Qué has hecho? Hay que
joderse, ahora que le digo yo a los vecinos, ¿eh? –gritaba mientras uno de los
policías hacía ademanes para que se callara e intentaba alejarla de la escena.
Observé a toda la multitud de gente que
se agolpaba en la puerta del portal; esa gente que cuando llega la televisión
afirman en todas las cadenas: “Nadie se imaginaba que fuera a hacer algo así,
si siempre saludaba”.
Y así fue como me vi sentado en el
incómodo asiento de atrás de un coche patrulla a punto de jubilarse. Mientras
avanzábamos por las calles rumbo a la comisaría, pasamos por delante de un
tugurio de mala muerte. Su nombre rezaba algo así como “El bar del olvido”.
-Ojalá existiera un mejunje que hiciera
olvidar- pensé.
En el interior de dicho bar, un camarero
de color grisáceo y fumando una colilla que había perdido el título de colilla
hacía ya dos semanas, servía un cóctel a un alto ejecutivo despeinado y con la
camisa llena de sangre.
-Esto te hará sentir mejor, tranquilo- le
dijo a su cliente mientras le brindaba el vaso.
-Que Dios te oiga… - acto seguido, se lo
bebió de un trago poniendo un gesto de asco.
-Precisamente Dios no, pero bueno… y sin
ánimo de ser indiscreto, ¿qué era exactamente lo que quiere olvidar?- dijo el
camarero mientras pasaba un trapo sucio por encima de la barra.
-Hace una hora maté al dueño de una
inmobiliaria en su casa del pueblo… Se llamaba Adolfo Pérez o algo así… Fue un
accidente se lo juro. Aquello se nos fue de las manos… Joder, ¿pero qué he
hecho? Había invitado a un empleado a cenar a su casa… Joder, debería llamarle
al menos para cancelar la cita- dijo mientras se frotaba las manos
nerviosamente.
-Bueno, bueno, ya está, ahora váyase a su casa, que su mujer
ya se ha despertado y el café se va a enfriar- le dijo el camarero mientras
sonreía con su sonrisa amarilla y desdentada- A esta invita la casa, pero ya le
pediremos algo a cambio- la campanilla de la puerta sonó y el ejecutivo salió
del bar, rumbo a su casa.
Por el camino le venían pensamientos que
nunca había tenido, se veía a sí mismo hablando con su padre diciendo: “Papá,
papá, yo de mayor voy a ser…”, “Papá, papá, te presento a mi novia” y “Papá,
papá, ¿me avalas? Es que nos vamos a vivir juntos y queremos un piso”.
Y a él, un alto ejecutivo con una carrera
brillante, poco a poco su sonrisa de triunfador se fue difuminando y cuando
entraba por el portal, con los restos del operativo policial aún en las inmediaciones,
en su cabeza resonaba un pensamiento cada vez mas cercano:
Una cagada tras otra.